martes, 15 de noviembre de 2011

El Becerro de oro

No es posible concebir el mundo actual sin el dinero; esta
      profunda reflexión se me ha ocurrido a mí solito, no he necesitado
      recurrir a autoridades económicas o científicos sociales, para que veáis.
      Las estructuras y funciones sociales, la política, la cultura y todo el
      hacer humano en general orbitan en torno a este elemento de intercambio.
      Para los antiguos sofistas griegos el hombre era la medida de todas las
      cosas; el "homo mensura" ha sido sustituido en nuestros días por el dinero
      y de esta forma los poderes tradicionales se han unificado en un solo
      poder, el económico; la nuestra es casi una cultura económica. Las
      formas de obtener dinero no siempre son exageradamente lícitas, de modo
      que los hay que se tiran al monte y se dedican a conseguir el vil metal
      mediante el hurto, el timo, las diversas extorsiones y otras innumerables
      artes liberales de este tipo. Otros en cambio se mueven con agilidad por
      los cauces de la ley para obtener beneficios por medios que, aunque
      legales, distan leguas de ser éticos. Hay expertos en complicadas
      ingenierías financieras que lavan honores y haciendas; gentes de leyes que
      ponen sus conocimientos a su propio servicio antes que al de los demás,
      individuos que comercian con productos dudosos o con márgenes abusivos o
      políticos que administran la confianza depositada en ellos para su
      provecho, formando de este modo en la escuadra de los malos gobernantes
      descrita por Aristóteles en su Política. Así podríamos seguir ad
      infinitum nombrando adoradores del becerro de oro hasta formar legión,
      ninguno afectado de escrúpulos al recibir sus treinta monedas. Frente a
      estas legiones han surgido en los últimos años por todo el planeta
      personas y movimientos para los que ¡Sorpresa! el dinero parece tener un
      papel secundario; como si se hubiese formado una "internacional" de la
      solidaridad que tratara de volver al hombre al eje central de la vida del
      hombre. Un movimiento que engloba a organizaciones cuyos miembros se
      juegan a veces la vida, y de una forma nada metafórica, para tratar de
      ayudar a sus semejantes frente a la pobreza, la enfermedad o los abusos de
      aquellos que defienden intereses económicos o políticos espurios. Porque,
      ¿acaso los ecologistas de Green Peace que intentan abordar un navío de
      guerra a bordo de una lancha de goma lo hacen por dinero? ¿Y los miembros
      de Amnistía Internacional que recaban información sobre los detenidos
      políticos de su país? ¿o los facultativos de Médicos Sin Fronteras que
      curan enfermedades contagiosas en países del Tercer Mundo? A primera vista
      no parecen cometidos muy rentables para ellos, desde luego. A estas
      organizaciones se podría añadir una lista innumerable que ha ido creciendo
      con los años y con el asco que produce el ver cómo unos se aprovechan de
      los más desvalidos mientras el resto gira la cabeza hacia otro lado. Y así
      muchos miles de personas desinteresadas que trabajan por libre o que se
      engloban en ONGs, que consideran que el dinero es importante (como medio,
      no como fin) pero que las personas lo son más. Quizá toda esa gente sea
      la excepción, honrosa excepción, que confirma la regla, y quizá nuestro
      futuro dependa de que llegue a ser regla esa excepción.
     ¿Dependera de nosotros?

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