lunes, 28 de noviembre de 2011

Mito, muerte y conciencia.



Posiblemente el paso más importante de la humanidad tal como la concebimos fue fortuito. Debió de ocurrir hace decenas de miles de años y consistió en algo que nos parece tan simple como la comprensión de la propia extinción y, como consecuencia, del hecho de existir.
Hubo un momento en la historia del hombre en que alguien (No tuvo que ser necesariamente un solo individuo; pudo existir un fenómeno de simultaneidad) ante la muerte de un ser próximo intuye la propia, y en consecuencia la existencia de la muerte en general. Esto nos enfrenta incluso hoy ante algo abstracto e incomprensible por su propia irreversibilidad, que afecta a todo aquello que es susceptible de tener vida y que nos afecta por nuestra falta de experiencia sobre la “nada”. El impacto que debió de producir este descubrimiento en aquel que por primera vez se asomara al vértigo del no ser transformó su forma de pensar y, paulatinamente, de los que le rodearon y le sucedieron. ¿Dónde colocar la identidad de aquellos que se habían descubierto a sí mismos poniendo el Yo en lugar del Tú imperante hasta entonces, a partir de la antítesis del no existir frente a la propia existencia?
El temor que provoca el dejar de ser; para quien solo conoce la existencia es una experiencia que acompaña al individuo desde el momento en que tiene conciencia hasta su muerte. Algo parecido ha debido sucederle a la especie humana y es un elemento que hasta que no se demuestre lo contrario, nos diferencia del resto de las especies.
La auto-conciencia mantiene una relación dialéctica con la muerte cuyo concepto no se puede afrontar desde la propia experiencia; ello lleva a un intento desesperado de justificación de la vida como germen de una expansión de la vitalidad más allá del límite que conocemos en los demás. Trascendencia.
La relación con el otro se torna valiosa, emocional en un sentido humano, los demás son reflejo de uno mismo en lo efímero del ser, los demás son imagen especular de uno mismo y de los demás dependen la propia vida y muerte, que adquieren, un sentido metafísico.
La cultura hasta entonces había sido rudimentaria, ya que su objetivo era la supervivencia colectiva en el plano material; pero a partir de ese instante cobra un valor distinto. La cultura tiene que buscar para los individuos la supervivencia más allá de la propia muerte, adquiere valores trascendentales y se humaniza. Hasta entonces el hombre había dialogado con la naturaleza como algo que esta fuera; pinta bisontes como imágenes de aquellos animales que desea cazar. Después del autodescubrimiento aparecen humanos cazando. También celebra el hombre ritos funerarios, honrando las tumbas de sus semejantes con adornos naturales o manufacturados.
No es ajena al descubrimiento de la muerte y al desarrollo de una cultura de tipo espiritual, la aparición del mito. El mito es un primer esbozo de lo que será después el mundo racional; se trata de un primer intento de explicar aquello que es inasequible a la propia experiencia.
Un hombre mira al sol, lo ve todos los días prácticamente desde que nació y sabe que los que ya han muerto lo vieron desde su nacimiento; sabe que es fuente de calor y de alimentos. Los hombres mueren y el sol siempre está ahí, igual que los demás astros, las montañas y los ríos, los desiertos y el mar. De alguna forma estos fenómenos tienen un poder muy superior al suyo. Ellos no mueren; luego serán necesariamente dioses. El hombre ha creado un nuevo concepto: además de existir la vida, también existe la divinidad, que trasciende a la vida, es trascendente en sí misma.
Ahora hay algo que puede explicar la propia existencia, y al tiempo salvar el abismo conceptual que implica el no ser: la inmortalidad como algo que se puede observar todos los días; entonces, ¿por qué no una inmortalidad propia aunque sea bajo otra forma, menos radiante que los astros, pero mucho más importante para los hombres, ya que es la continuación de la substancia propia?
Todo este proceso no se produciría de la noche a la mañana, puede que tardara algunos milenios en decantarse, pero sin ése salto a la conciencia no seríamos, para bien o para mal lo que ahora somos.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Isla Tortuga

Esta es, naturalmente, una historia de piratas.
Como  tal, su centro de operaciones es la mítica Isla Tortuga. Quizá no todos sepáis el origen de la asociación entre esta isla caribeña y los bucaneros.
Hubo una época en que la Tortuga era una isla  habitada por cazadores de cerdos y de vacas asilvestrados, que vivían del comercio de esta carne, que ahumaban colocándola sobre una especie de parrilla llamada “bucán” – de ahí el nombre con el que se harían famosos – y que luego vendían a los barcos que pasaban por las inmediaciones, naturalmente de contrabando.
Las autoridades de la zona, a la sazón españolas, que detentaban el monopolio del comercio en el Caribe no veían con buenos ojos estas actividades; así pues, el Virrey de La Española envió una expedición de castigo contra la isla. Los habitantes de esta fueron masacrados sin piedad, hombres, mujeres, niños… pero fueron muchos los que se salvaron porque se encontraban cazando en el interior de los espesos bosques que había en la isla. Cuando regresaron al poblado y se encontraron el terrible panorama se juramentaron – eran todos hombres duros de pelar, y el ejercicio de la caza los había convertido en tiradores certeros – para, a partir de ese momento, no perdonar a ningún barco que se cruzase en su camino. Así nació la Hermandad de la Isla de la Tortuga.
Y fue así como se inició  una aventura que quizá causó más estragos al comercio del Caribe y trasatlántico que las propias fuerzas de la naturaleza. Y yo me pregunto: ¿Mereció la pena no hacer un poco la vista gorda y castigar de un modo tan cruel a unos contrabandistas inofensivos?
Hoy existen otros Caribes: entre ellos el editorial y el informático; en ellos navegan piratas de la talla de Sir Francis Drake o Sir Walter Raleigh – quién no ha oído hablar de los hackers y crackers - , también hay autoridades y potentados que ejercen el monopolio comercial mediante el sistema de patentes y, por último, sencillos bucaneros. Estos preparan en los modernos bucanes copias de diversos productos que luego venden a pequeña escala y a precios mucho más asequibles que los originales, aunque la mayoría lo hace gratuitamente mediante descargas en la red.
Las autoridades, celosas del monopolio suelen atacar a estos últimos (a los Drakes les tienen más respeto o miedo) y pretenden castigos desproporcionados por la copia de un libro o de un CD, han creado un canon absurdo que todos conocemos –y esto en nombre de la “propiedad intelectual”.
No hay mayor defensor de la propiedad intelectual que yo; sería tonto si no lo fuese, ya que pretendo ser escritor. Pero tal derecho oculta ciertos abusos amparados en un régimen de monopolio. Si una empresa tiene la patente de un programa informático, por ejemplo, puede ponerle el precio que le dé la gana, ya que no va a tener competencia durante un tiempo en ese mercado, y no todos podemos pagar ochocientos euros por un programa.
Se pueden defender estos precios basándose en el echo de que desarrollar un producto tecnológico resulta muy caro, pero si otro producto similar sale al mercado el precio del primero puede caer hasta la mitad – en competencia perfecta – lo que contradiría la primera afirmación. Entonces, ¿no sería mejor para todos reducir los precios desde un principio?
Tal vez así se podría evitar buena parte de la piratería, de paso se vería reducida la brecha tecnológica entre los que tienen y los que no tienen y por último, quizá pudiera desviarse parte de los impuestos que ahora se usan en atacar a esta Isla Tortuga moderna en cosas más necesarias para esa gran mayoría de la sociedad, los que no vivimos de las patentes.

martes, 15 de noviembre de 2011

El llobádigo

Estoy en la sierra, escucho aullidos detrás de unas lomas alejadas; los lobos de Sanabria se deben de estar llamando, acaso se reúnen para realizar alguno de sus misteriosos rituales, esta será noche de cantos a la luna o algo parecido. No puedo dejar de pensar en lo diferente que es la actitud de la gente de ahora
-principalmente la de ciudad- de la de nuestros mayores.
Ahora se piensa en los lobos como en el vértice indispensable de la pirámide ecológica, que como nos la presentaban en el colegio es un triángulo cuyo estrato inferior representa a los vegetales y el superior a los súper-depredadores, sin incluirnos a nosotros; pirámide cuyos moradores debemos proteger y respetar.
Los sanabreses, como los habitantes de cualquier otra zona rural hasta hace no mucho tiempo veían en el lobo a un enemigo al que había que exterminar; devoraba los ganados y si se descuidaban, a las personas, aunque no recuerdo haber oído hablar de nadie que haya sido comido por estos animales.
Pero hace años el lobo era tanto odiado como temido; tirano del invierno y de la noche, el temor que incitaba podía trasladarse más allá de lo real para instalarse en el reino de las leyendas y estas, como el rumor, se pueden convertir en lo más cierto de este mundo.
Aún recuerdo que de niño, era noviembre creo, en esa época en que nuestros bosques se tiñen de tristeza y la lluvia es compañía permanente, dijeron en un telediario que un lobo había atacado a una mujer por tierras de Galicia, ¿Orense tal vez?; rápidamente se propagó el rumor como un incendio, cada vez de mayores proporciones, sobre una manada de lobos que atacaba a las personas y que ya había entrado en Sanabria. Las mujeres alteradas comentaban que tal vecino había aparecido medio comido en algún pueblo de la sierra; yo lo escuchaba con oídos de niño asustado, aunque con ojos de futuro hombre racional, no por nada ya había visto a Rodríguez de la Fuente por la tele. La gente, sin embargo tenía pánico a esos lobos de hocicos ensangrentados y mirada infernal; algo lamentable, aunque inexistente. Así es el miedo.
Los pobres bichos no se habían comido a nadie, pero más allá del simple rumor resulta sorprendente, como supe mucho tiempo después, que tras el temor al lobo se ocultaba - en parte - un fenómeno de licantropía. Siempre pensé que la leyenda de los hombres lobo se circunscribía a los umbríos bosques de Europa central y de los Balcanes con variantes en otras culturas, como los hombres caimán y jaguar en las selvas americanas o los hombres oso entre los esquimales; pero aquí, al lado de casa se conservan restos de una tradición que aporta sus propios elementos originales a la siniestra leyenda.
El llobádigo o llobádiga llaman en nuestra tierra a una supuesta enfermedad que provocan los lobos, con una curiosa variante: no son estos animales quienes la contagian directamente, ni es necesario que muerdan o arañen a su víctima; son los perros que se han peleado con lobos o que simplemente hayan estado cerca de ellos los transmisores del mal. Tampoco se sabe que afecte a los adultos, sólo a los niños; basta que un perro haya estado en contacto con sus primos salvajes y se acerque a un niño para que este se convierta en infortunado candidato al contagio. Por supuesto, a los perros no se les permitía acercarse a los niños, pero también una persona que hubiera visto al lobo o que lo hubiera tenido cerca se convertía en agente del contagio, y estos parecían entrañar mayor peligro que los perros, según la creencia.
Mis informantes no se ponen de acuerdo sobre los síntomas, que podrían ser crecimiento de pelo, mejor dicho, le saldría vello por todo el cuerpo, le crecerían las uñas y los caninos y se transformaría en una suerte de animalito salvaje, o tal vez fuera una variante de la rabia. En el primer caso, no tengo noticia de que el cambio sea reversible temporalmente como ocurre con los hombres lobo al uso -personas normales durante la mayor parte del tiempo pero cuya naturaleza cambia ante fenómenos como la aparición de la luna llena-, parece un panorama ciertamente desolador para la víctima y los desgraciados familiares, no obstante existe una forma, ciertamente curiosa, de prevenir el maleficio.
Se trata de una ceremonia que por su estilo puede remontarse a una antigüedad remota, posiblemente precristiana. Parece consistir -no dispongo de muchos datos al respecto, lo confieso- en traer del monte una escoba blanca, de las que tienen la flor amarilla; una vez en casa se arroja la planta al fuego; cuando ha prendido, la madre o cualquier otra persona sospechosa de producir el contagio pasa los brazos y el pecho por el humo que despide la hoguera; este sencillo ritual parece bastar para que el peligro se aleje y el condenado a licántropo o lo que sea se salve. Una explicación racional consistiría en que los posibles microorganismos transmisores de la enfermedad sean destruidos por el humo que produce esa planta en concreto, yo prefiero la otra, ¿por qué no?, es más poética: Una fuerza oscura de la Naturaleza vencida por la magia; al fin y al cabo sólo es cuestión de puntos de vista.
Porque a nosotros, seres de la era eléctrica, del asfalto y de Internet, estas historias no nos parecen otra cosa que cuentos, supersticiones de gente ignorante, y al oírlas no podemos dejar de sonreír con indulgencia mientras nos parapetamos tras potentes ordenadores, usamos vehículos veloces y teléfonos móviles, tras habernos formado en las aulas de la ciencia racional. Pero ¿Pensaríamos igual si todas esas herramientas nacidas del progreso nos fueran negadas? Si viviésemos como nuestros mayores vivieron, en esos pueblos aislados y sin electricidad, en los que para salir de noche sólo se contaba con el amparo de una vela, cuando había que ir de madrugada a regar los campos por esos caminos oscuros, rodeados de bosques en los que cada sombra de árbol podía no serlo, mientras se escuchaba a lo lejos -o no tan lejos- el aullido de los lobos, acaso entonces, por muy racionales que seamos, ya no estaríamos tan seguros de lo que es y lo que no es, acaso entonces podríamos llegar a comprender lo que una tradición como esta del llobádigo significaba, mas allá del cuento de vieja.

EVOLUCIÓN HUMANA, ¿HACIA QUÉ?

A lo largo del tiempo la especie humana -mejor dicho, las distintas especies humanas- han evolucionado biológicamente en respuesta a los cambios que han surgido en su entorno natural. El hombre aprendió primero a caminar erguido, esto le permitió tener las manos libres para manipular objetos; su mandíbula se redujo a la par que sus dientes al consumir alimentos cada vez más fáciles de masticar, sobre todo gracias al descubrimiento del fuego que permitía su cocción; al tiempo, la caja craneana aumentaba de tamaño para dar albergue a un cerebro cada vez más grande y más potente; las cuerdas vocales se desarrollaron y apareció el lenguaje articulado...
Hasta que desarrolló herramientas y utensilios tan sofisticados que, en apariencia, ya no necesitó evolucionar en términos biológicos, ya que podía adaptar las condiciones del entorno a sus necesidades en lugar de adaptarse el ser humano a su hábitat.
Digo en apariencia, porque los humanos no podemos estarnos quietos y siempre tendemos a complicar un poco más las cosas. También es cierto que el hombre, como dijimos arriba, ha cambiado la evolución biológica por la llamada evolución social, es decir, que se transforma en un entorno creado por él mismo y condicionado por la cultura y la civilización.
Ahora, que parecían desfasadas aquellas concepciones que afirmaban hace unos decenios que el hombre en un futuro más o menos lejano estaría dotado de un cabezón enorme para dar cabida a un cerebro súper desarrollado, y un cuerpo enclenque, ya que con tantos dispositivos no le sería necesario realizar el menor esfuerzo físico, aparece el genoma.
Es cierto que ya no necesitamos evolucionar físicamente (de momento) para dar respuesta a los retos que nos lanza la naturaleza pero, como he dicho, no podemos estar quietos; por esa razón se han creado, por una parte, una serie de implantes ortopédicos que, en la mayoría de los casos, son muy beneficiosos para los usuarios, ya que les permiten andar, manipular, oír o incluso respirar. Otros, en cambio son más bien superfluos, como las prótesis de silicona, que en muchas ocasiones son absolutamente innecesarios, aunque se insista en diversos medios en que ayudan psicológicamente a quien las lleva - No nos engañemos, las opiniones vertidas en estos medios son a menudo simple publicidad encubierta que, con un barniz pseudo científico se utilizan para beneficiar a las industrias del ramo - una cosa es poner un implante de silicona a una mujer que ha sufrido una mastectomía y otra ponerse los labios más gordos sin necesidad. Espero que no se continúe exagerando esta tendencia o acabaremos pareciendo una mezcla de Robocop y el Inspector Gadget.
Por otro lado, en la era de la manipulación genética ya es posible la clonación de seres humanos, con lo que si te descuidas, cualquier día te ves a ti mismo tomando café en el bar de la esquina, o sorpresas similares.
Ya se pueden elegir los hijos "a la carta"; la tecnología potenciando el racismo. Imaginad a todos los padres queriendo tener hijos altos, rubios, con los ojos azules y súper inteligentes: el sueño de Hitler. ¿Y el resto qué? ¿a la basura?

También los científicos nos hablan de la detección anticipada de las posibles enfermedades que podamos contraer merced a las tendencias genéticas. ¡Lo que nos faltaba! Lo que van a tardar las empresas en solicitar estudios genéticos de los aspirantes a un empleo, para eliminar a aquellos susceptibles de desarrollar en un futuro lejano enfermedades peligrosas. Los conocimientos sobre genética no sirven hoy por hoy para curar todas las enfermedades, pero si pueden servir como factor de discriminación, lo cual no me parece un gran adelanto.
En los años ochenta hubo un movimiento dentro de la literatura de ciencia-ficción denominado Cyber Punk. Algunos autores de esta tendencia escribían sobre un futuro en el que el hombre, tal como lo conocemos, ya no existe. La humanidad se ha dividido en dos facciones que luchan entre sí: los mecanicistas, que han sustituido gran parte de sus órganos por instrumentos biónicos artificiales, y los reformistas, individuos mutados mediante la manipulación genética. Es un mundo dominado por una filosofía denominada poshumanismo, un mundo oscuro y peligroso, sin mucho sentido. Inhumano, en definitiva.
Creo que tanto los científicos, como las grandes empresas del sector deberían detenerse a pensar si están actuando con responsabilidad. Quizá un poco de ética humanista por su parte consiga que estos adelantos sean beneficiosos para la humanidad, porque la alternativa quizá sea ese mundo absurdo que crearon los muchachos del Cyber Punk.

El Becerro de oro

No es posible concebir el mundo actual sin el dinero; esta
      profunda reflexión se me ha ocurrido a mí solito, no he necesitado
      recurrir a autoridades económicas o científicos sociales, para que veáis.
      Las estructuras y funciones sociales, la política, la cultura y todo el
      hacer humano en general orbitan en torno a este elemento de intercambio.
      Para los antiguos sofistas griegos el hombre era la medida de todas las
      cosas; el "homo mensura" ha sido sustituido en nuestros días por el dinero
      y de esta forma los poderes tradicionales se han unificado en un solo
      poder, el económico; la nuestra es casi una cultura económica. Las
      formas de obtener dinero no siempre son exageradamente lícitas, de modo
      que los hay que se tiran al monte y se dedican a conseguir el vil metal
      mediante el hurto, el timo, las diversas extorsiones y otras innumerables
      artes liberales de este tipo. Otros en cambio se mueven con agilidad por
      los cauces de la ley para obtener beneficios por medios que, aunque
      legales, distan leguas de ser éticos. Hay expertos en complicadas
      ingenierías financieras que lavan honores y haciendas; gentes de leyes que
      ponen sus conocimientos a su propio servicio antes que al de los demás,
      individuos que comercian con productos dudosos o con márgenes abusivos o
      políticos que administran la confianza depositada en ellos para su
      provecho, formando de este modo en la escuadra de los malos gobernantes
      descrita por Aristóteles en su Política. Así podríamos seguir ad
      infinitum nombrando adoradores del becerro de oro hasta formar legión,
      ninguno afectado de escrúpulos al recibir sus treinta monedas. Frente a
      estas legiones han surgido en los últimos años por todo el planeta
      personas y movimientos para los que ¡Sorpresa! el dinero parece tener un
      papel secundario; como si se hubiese formado una "internacional" de la
      solidaridad que tratara de volver al hombre al eje central de la vida del
      hombre. Un movimiento que engloba a organizaciones cuyos miembros se
      juegan a veces la vida, y de una forma nada metafórica, para tratar de
      ayudar a sus semejantes frente a la pobreza, la enfermedad o los abusos de
      aquellos que defienden intereses económicos o políticos espurios. Porque,
      ¿acaso los ecologistas de Green Peace que intentan abordar un navío de
      guerra a bordo de una lancha de goma lo hacen por dinero? ¿Y los miembros
      de Amnistía Internacional que recaban información sobre los detenidos
      políticos de su país? ¿o los facultativos de Médicos Sin Fronteras que
      curan enfermedades contagiosas en países del Tercer Mundo? A primera vista
      no parecen cometidos muy rentables para ellos, desde luego. A estas
      organizaciones se podría añadir una lista innumerable que ha ido creciendo
      con los años y con el asco que produce el ver cómo unos se aprovechan de
      los más desvalidos mientras el resto gira la cabeza hacia otro lado. Y así
      muchos miles de personas desinteresadas que trabajan por libre o que se
      engloban en ONGs, que consideran que el dinero es importante (como medio,
      no como fin) pero que las personas lo son más. Quizá toda esa gente sea
      la excepción, honrosa excepción, que confirma la regla, y quizá nuestro
      futuro dependa de que llegue a ser regla esa excepción.
     ¿Dependera de nosotros?

sábado, 12 de noviembre de 2011

El nadador

Dicen que los lagos son lugares mágicos. La Dama del Lago -¿Cuál?- sostenía en su mano a "Excalibur", la espada mágica; se la entregó a Merlín el mago para que sirviera al mejor caballero de la Celtia, entonces Bretaña. Arturo recogió la espada y después de muchos avatares la devolvió al lago.

El lago Ness posee su propio animal mítico, Nessie, mascota de lugareños y foráneos, monstruo de todos conocido y que muy pocos han llegado a vislumbrar, de hecho yo no lo he visto cuando estuve allí. Y qué decir de las leyendas indias que hablan de los espíritus de los Grandes Lagos, donde vive el gran Manitou, ser-espíritu que se transforma en el animal tótem de cualquier hombre y que puede arrancar la vida y el alma del más valiente de los guerreros.

Cada lago es portador de misterios, y el de Sanabria no podía ser menos. allí es de sobra conocida la leyenda de San Isidro arando por esos pagos. O a Cristo como peregrino por las tierras que hoy anegan las aguas del lago y que entonces eran un pueblo, que por un quítame allá esas pajas -lo de siempre, la poca caridad humana- provocó la inundación de toda la cuenca de forma que sólo quedó en la superficie la torre de la iglesia, que es lo que hoy vemos como una pequeña isla cerca de Ribadelago. Por si no la habéis visitado os advierto que tiene poco encanto, la última vez que estuve en ella sólo vi un islote rocoso lleno de zarzas y avisperos, aunque había unas moras exquisitas.

El lago de Sanabria, también tiene sus propias leyendas, y yo he bajado muchas veces hasta él en busca de su lado mágico, y puedo decir que lo he encontrado: la magia la contiene en su propia presencia; basta con respirar su aire, contemplar los bastiones boscosos que lo circundan o sumergirse en su agua de torrente para sentirse trasladado a un mundo distinto, más luminoso. Un paseo junto al lago en soledad, escuchando sus murmullos le devuelve a uno la paz que se le va desgastando en la lucha diaria. En cuanto a la magia convencional, la de las hadas y las brujas, de las leyendas de dioses y demonios, de esa no he encontrado nada.

A excepción quizá de una pequeña anécdota que ocurrió en un verano de la adolescencia lejana.

Estaba con mis amigos chapoteando en el centro del lago en una barquita a pedales, una de esas perennes pateras para turistas que habéis visto evolucionando en el agua cuando hace buen tiempo. La barquita estaba superpoblada -lo dicho, como una patera de colores chillones- y nos agarrábamos a ella como podíamos, so pena de quedarnos a la deriva en mitad del lago, que hasta cualquier orilla hay un buen trecho. Dos amigos nuestros iban más holgados; disponían de una piragua para ellos solos. Se acercaron a nuestra barca para saludarnos y de paso tirarnos agua con los remos; uno de los que estaba con nosotros, un poco gamberro y algo subido de peso entonces (Hoy es un respetable padre de familia y esta más en forma) decidió que ya estaba bien de salpicar y ni corto ni perezoso se lanzó al agua para caer junto a la canoa, con la sana intención de empapar bien a nuestros atacantes. La bomba humana provocó una marea que echó a pique a los infortunados remeros con canoa y todo.

La piragua comenzó a hundirse y enseguida desapareció, inmediatamente nos lanzamos a rescatarla y pronto pudimos sacar la barquita a la superficie asiéndola de sus famélicas costillas, pero no éramos capaces de dejarla a flote al estar completamente anegada; lo intentamos de mil formas; panza arriba, boca abajo, de costado, pero no había manera, en cuanto nos descuidábamos se escabullía de entre nuestras manos con habilidad diabólica y tomaba el camino del fondo como una anguila.

En estas fatigas estábamos, ya a punto de dar la piragua por perdida cuando repentinamente emergió una cabeza barbuda tocada con gafas de buceo; la cabeza habló:

- Sacad la canoa del agua en posición vertical para que se vacíe y luego la dejáis caer de panza.

Obedecimos al momento la piragua subió a la superficie vomitando toda el agua que había tragado; cuando ya no la pudimos subir más la dejamos caer y quedó flotando con placidez.

Buscamos con la vista al hombre de la cabeza barbuda y las gafas de bucear para darle las gracias por su consejo, pero había desaparecido. Su aparición y desaparición repentinas eran sorprendentes. Nos encontrábamos en un lago de dimensiones respetables y él había venido por debajo del agua; este no es un hecho imposible de realizar, pero fue de una oportunidad realmente enigmática. Decidimos bautizar a nuestra inesperada ayuda como Neptuno.

Recuerdo esta historia -que no pasa de ser una simple anécdota- como si hubiese ocurrido ayer. A veces pienso si no sería, en lugar de un nadador inquieto, un auténtico habitante de las aguas que para no levantar sospechas se había colocado unas lentes de buceo, más acordes con nuestro tiempo que un tridente. Esto me resulta más sugerente que la simple idea del nadador porque, después de todo, realidad o fantasía solo dependen de los puntos de vista.

Punk

Llamamos punk a un movimiento musical que se desarrolla a caballo del principio de los ochenta y finales de los setenta -pido disculpas por el desorden de las fechas, pero trato de conservar una lógica interna en relación con la acracidad de tal movimiento- un momento de la historia musical en que las cosas parecen estancadas. Se perdían los últimos ecos de mayo del sesenta y ocho, del movimiento hippie, y el viejo rock´n roll se repetía en virtuosismos instrumentales; en un mundo cómodamente dividido en bloques, con una situación internacional, aunque francamente estresante, no abocada a la guerra masiva gracias al peligro de la bomba “democrática” -la amenaza nuclear-. Todo iba sobre ruedas –chirriantes-.
Pero en este periodo histórico surgen unos personajes que partiendo de una amalgama estética en la que se unían aportaciones de grandes mitos inclasificables como T-rex, Iggy Pop, Lou Reed o David Bowie, se atreven a subir a un escenario sin apenas saber tocar un instrumento, sacando de sus cacharros las notas locos que les salen de las narices, casi siempre infames - tanto las narices como las notas - y tirando por tierra con sus letras irreverentes todos los mitos de la sociedad en la que les ha tocado vivir.
Dos martillos satánicos nacen en ese momento: Dios salve a la reina y Anarquía en U. K. de Sex Pistols, dos martillos herejes que como el de Tor provocan verdaderas tormentas, golpeando directamente y sin piedad a las dos instituciones más respetadas en Gran Bretaña, y que daban de mamar a los ingleses desde la cuna: la monarquía y la jerarquía, fundamentales en las islas, sin las cuales es muy difícil concebir la existencia social en estas.
En fin, que los señoritos se permiten ofender a los símbolos más sagrados de su entorno y, ¿en nombre de qué?, pues en nombre de nada, porque no hay nada por lo que luchar, el mundo ya está repartido y a ellos les tocó el paro y la basura
-punk- con sus imperdibles como símbolo y con su lema “No hay futuro” se convierten en los paladines de las ratas de callejón; es el nacimiento de un nuevo tipo de crítica al sistema, más intuitiva que intelectual, una crítica no basada en los libros, sino en los estimulantes y la propia experiencia, y que tenía como medio de expresión el vinilo, no el papel. Si Kant levantara la cabeza podría ver -él, que era tan aficionado a la crítica- un proceso crítico llevado a sus últimas consecuencias, y además en un tono mucho más desenfadado que el suyo. No se trata de criticar para reconstruir un mundo decadente, simplemente la sociedad no se puede reconstruir. Hemos llegado al fin: No future.
Toda una teoría creada por unos desarrapados con el pelo de punta y llenos de anfetas y otras cosas; unos cínicos modernos de los que estaría orgulloso el mismo Diogenes el Perro, si este tuviese la puerilidad de sentirse orgulloso de algo. Anunciaron el Fin de la Historia antes que nadie; claro, este “fin de la historia” se le ocurrió a otro y no tiene nada que ver con Sex Pistols, Exploited o The Clash, ya que en la cacareada versión académica es un concepto más bien optimista; el concepto del que se gana la pasta enseñando y escribiendo. Así si se puede ver un mundo futuro uniforme y perfecto. Pero Sid Vicious no era, seguramente, un estómago tan agradecido como Fukuyama.
¿Que a qué viene esta parrafada? Pues quizá a que haya sentido nostalgia de aquellos tiempos, en los que yo apenas era un mocoso que veía surgir en torno a mí una efervescencia hasta entonces desconocida. Tal vez se deba a una sensación de estar de nuevo en decadencia - los noventa han sido finiseculares en su sentido más amplio y no han aportado nada nuevo, a no ser más riqueza para los ricos y más pobreza para los pobres y la primera decada del milenio nos ha traído una crisis apocalíptica-. O, más bien, a que he recordado que ya no esta  Joey Ramone líder de Ramones, el hombre largo como una condena, que con sus greñas, sus vaqueros rotos y sus gafas de culo de vaso revolucionó la música y la sociedad sobre la base de letras sucias y de rock´n roll destartalado, ni sus colegas de grupo Dee Dee y Johny, ni Joe Strummer, lider de The Clash, ni tantos otros que nos sacudieron el esqueleto y la conciencia.
  La música ya no es irreverente ni original. Echo de menos a aquellos sinvergüenzas que no dejaban títere con cabeza. ¡Qué diferencia entre Sex Pistols cantando entonces Dios salve a la reina y Elton John cantando hace unos años una balada (¡Beeeeee!) dedicada a Lady Di!

P. D.
Joey, esta va por ti: Let´s go!

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Globalización

La globalización, ese bonito concepto que engloba, todo lo que se menea, como finanzas, guerras, enfermedades etc (¿por qué me vendrán a la mente más cosas malas que buenas?), surge hace unos treinta y cinco años en el ámbito de las universidades anglosajonas para ser aplicado a tres elementos cuyos efectos ya sobrepasaban las fronteras nacionales, estos elementos eran el medio ambiente, la economía y el desarrollo. Sus pilares institucionales, el Club de Roma, el Banco Mundial y el FMI desarrollan los primeros estudios en sus respectivas áreas con escenarios que se extienden por todo el planeta; después vinieron Internet, las guerras televisadas y la supuesta extensión uniforme de la cultura.
Yo tengo la sospecha de que este concepto es más bien una trampa semántica, una palabra que sirve para justificar todos los problemas, algo así como "la pertinaz sequía" en tiempos de Franco. Ya se sabe que los conceptos, desde una perspectiva científica o intelectual en general son neutrales, pero desde una visión ideológica no lo son en absoluto, así, antes teníamos la pertinaz sequía, que era como de andar por casa, y ahora tenemos la capa de ozono, por ejemplo, o mejor dicho su "pertinaz" agujero, un culpable mas cosmopolita.
Otro efecto curioso de la aplicación de esta palabra se da mucho en economía; si, por ejemplo, en un país (España, sin ir más lejos) la situación económica está más o menos bien, el gobierno de turno afirma sin empacho que se debe a la eficacia de las medidas económicas que ha adoptado, pero si la economía va mal, entonces la culpable será la coyuntura internacional, porque lo que se hace habitualmente es globalizar los problemas; los poderosos disuelven así su responsabilidad, mientras que los éxitos se los apuntan. Si Estados Unidos o Alemania proponen soluciones a determinados problemas económicos dentro del marco del FMI o la U.E. y estas tienen éxito, se colgarán la medalla aunque, los costes de estas medidas (que suelen correr por cuenta de los países del tercer mundo) se deberán, según su dedo acusador, a los efectos de la sufrida globalización.
En el escenario mundial no hay prácticamente control social o político sobre lo económico, se le atribuye a la economía su propia racionalidad, superior incluso a la humana, por aquello de que ciertos economistas tienden a definir como leyes económicas a fenómenos que no pasan de ser simples reglas; ello lleva a aprovechar efectos de la globalización como la inmigración para, resolver el problema de los rendimientos decrecientes (LEY) mediante el abaratamiento de costes = costes salariales = dumping social (REGLA) con lo que ¿quién se beneficia?, ¡pues quién va a ser!; Alain Tourain establece la igualdad globalización = capitalismo, y parece que no le falta razón.
Los elementos que parecen haberse adaptado mejor a este proceso son la delincuencia y la especulación. Mientras la permeabilidad de las fronteras permite una mayor movilidad a traficantes, blanqueadores de dinero  y demás profesionales liberales de esta índole, las instituciones de los distintos países dificultan su persecución, faltan acuerdos de extradición, existen refugios fiscales y otras trabas que favorecen a los delincuentes. Tiene su lógica si consideramos que la globalización favorece a ciertas formas de capitalismo, y no hay duda de que el delito es la forma más "audaz" de apropiación de capital.
Estos son algunos de los problemas que yo veo en todo este fenómeno, hay muchos más. No digo que la globalización sea mala en si, de hecho tambien ha aportado grandes avances en otros aspectos, como las redes sociales, facilidad de movimientos o abaratamiento de productos; solo que hay que buscar soluciones a los problemas que crea. Antes de que alguien me reproche que apunto problemas pero no soluciones, debo decir que de las soluciones se deben encargar quienes tienen la responsabilidad política, que para eso les pagamos.

Y muy bien, por cierto.