sábado, 12 de noviembre de 2011

El nadador

Dicen que los lagos son lugares mágicos. La Dama del Lago -¿Cuál?- sostenía en su mano a "Excalibur", la espada mágica; se la entregó a Merlín el mago para que sirviera al mejor caballero de la Celtia, entonces Bretaña. Arturo recogió la espada y después de muchos avatares la devolvió al lago.

El lago Ness posee su propio animal mítico, Nessie, mascota de lugareños y foráneos, monstruo de todos conocido y que muy pocos han llegado a vislumbrar, de hecho yo no lo he visto cuando estuve allí. Y qué decir de las leyendas indias que hablan de los espíritus de los Grandes Lagos, donde vive el gran Manitou, ser-espíritu que se transforma en el animal tótem de cualquier hombre y que puede arrancar la vida y el alma del más valiente de los guerreros.

Cada lago es portador de misterios, y el de Sanabria no podía ser menos. allí es de sobra conocida la leyenda de San Isidro arando por esos pagos. O a Cristo como peregrino por las tierras que hoy anegan las aguas del lago y que entonces eran un pueblo, que por un quítame allá esas pajas -lo de siempre, la poca caridad humana- provocó la inundación de toda la cuenca de forma que sólo quedó en la superficie la torre de la iglesia, que es lo que hoy vemos como una pequeña isla cerca de Ribadelago. Por si no la habéis visitado os advierto que tiene poco encanto, la última vez que estuve en ella sólo vi un islote rocoso lleno de zarzas y avisperos, aunque había unas moras exquisitas.

El lago de Sanabria, también tiene sus propias leyendas, y yo he bajado muchas veces hasta él en busca de su lado mágico, y puedo decir que lo he encontrado: la magia la contiene en su propia presencia; basta con respirar su aire, contemplar los bastiones boscosos que lo circundan o sumergirse en su agua de torrente para sentirse trasladado a un mundo distinto, más luminoso. Un paseo junto al lago en soledad, escuchando sus murmullos le devuelve a uno la paz que se le va desgastando en la lucha diaria. En cuanto a la magia convencional, la de las hadas y las brujas, de las leyendas de dioses y demonios, de esa no he encontrado nada.

A excepción quizá de una pequeña anécdota que ocurrió en un verano de la adolescencia lejana.

Estaba con mis amigos chapoteando en el centro del lago en una barquita a pedales, una de esas perennes pateras para turistas que habéis visto evolucionando en el agua cuando hace buen tiempo. La barquita estaba superpoblada -lo dicho, como una patera de colores chillones- y nos agarrábamos a ella como podíamos, so pena de quedarnos a la deriva en mitad del lago, que hasta cualquier orilla hay un buen trecho. Dos amigos nuestros iban más holgados; disponían de una piragua para ellos solos. Se acercaron a nuestra barca para saludarnos y de paso tirarnos agua con los remos; uno de los que estaba con nosotros, un poco gamberro y algo subido de peso entonces (Hoy es un respetable padre de familia y esta más en forma) decidió que ya estaba bien de salpicar y ni corto ni perezoso se lanzó al agua para caer junto a la canoa, con la sana intención de empapar bien a nuestros atacantes. La bomba humana provocó una marea que echó a pique a los infortunados remeros con canoa y todo.

La piragua comenzó a hundirse y enseguida desapareció, inmediatamente nos lanzamos a rescatarla y pronto pudimos sacar la barquita a la superficie asiéndola de sus famélicas costillas, pero no éramos capaces de dejarla a flote al estar completamente anegada; lo intentamos de mil formas; panza arriba, boca abajo, de costado, pero no había manera, en cuanto nos descuidábamos se escabullía de entre nuestras manos con habilidad diabólica y tomaba el camino del fondo como una anguila.

En estas fatigas estábamos, ya a punto de dar la piragua por perdida cuando repentinamente emergió una cabeza barbuda tocada con gafas de buceo; la cabeza habló:

- Sacad la canoa del agua en posición vertical para que se vacíe y luego la dejáis caer de panza.

Obedecimos al momento la piragua subió a la superficie vomitando toda el agua que había tragado; cuando ya no la pudimos subir más la dejamos caer y quedó flotando con placidez.

Buscamos con la vista al hombre de la cabeza barbuda y las gafas de bucear para darle las gracias por su consejo, pero había desaparecido. Su aparición y desaparición repentinas eran sorprendentes. Nos encontrábamos en un lago de dimensiones respetables y él había venido por debajo del agua; este no es un hecho imposible de realizar, pero fue de una oportunidad realmente enigmática. Decidimos bautizar a nuestra inesperada ayuda como Neptuno.

Recuerdo esta historia -que no pasa de ser una simple anécdota- como si hubiese ocurrido ayer. A veces pienso si no sería, en lugar de un nadador inquieto, un auténtico habitante de las aguas que para no levantar sospechas se había colocado unas lentes de buceo, más acordes con nuestro tiempo que un tridente. Esto me resulta más sugerente que la simple idea del nadador porque, después de todo, realidad o fantasía solo dependen de los puntos de vista.

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